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Frases de “BESAR A UN ANGEL'' - Susan Elizabeth Phillips

viernes, 15 de julio de 2016

Esta es una selccion de todas las frases que me gustaron de Besar a un Angel. Es una larga lista que CONTIENE SPOILERS. 
Lean bajo su responsabilidad. 
Podía respetar a una mujer que lo mandara a la mierda, pero no tenía paciencia con lloriqueos y pataletas. (Alex)
«La vida tiene maneras de poner a las pequeñas chicas ricas y mimadas en el lugar que les corresponde. Y, nena, eso es lo que te acaba de pasar.» (Alex)
—Tú lo que necesitas es un vigilante, cara de ángel, no un marido. (Alex)
—¿Es usted ranchero?
—¿Parezco ranchero?
—Lo que parece es un psiquiatra. Responde a una pregunta con otra.
—¿Los psiquiatras hacen eso? Nunca he ido a uno.—Por supuesto que no. Es evidente lo bien que le funciona la cabeza
—Escúchame con atención, cara de ángel —dijo él con suavidad. —Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. De un modo u otro voy a ganar. Tú decides cómo quieres que sea.
—Cara de ángel, ocasionas más problemas de lo que vales.
—¿Cómo podría gustarme alguien que se ha dejado comprar? Pero eso no quiere decir que vaya a ignorar mis obligaciones.
—Me alegra oírlo. —Él la recorrió lentamente con la mirada. —Me aseguraré de que tus obligaciones sean agradables.
—Bueno, pues eres cabezota, terco y dominante.
—Pensaba que ibas a decir algo malo.
—No eran cumplidos. Y siempre he creído que un hombre con sentido del humor es más atractivo que uno sexy y machista.
—Bueno, pues avísame cuando llegues a la parte mala, ¿vale?
—Es imposible hablar contigo.
—De verdad, comienzo a odiarte —dijo débilmente. —Lo sabes, ¿no?
A él le sorprendió que aquellas palabras le dolieran, sobre todo cuando eso era exactamente lo que quería que ella hiciera. Daisy no estaba hecha para una vida tan dura y él no tenía ningún deseo de alargar aquella situación indefinidamente. Era lo mejor que podía hacer.
—Quizá sea lo mejor.
—Creciste protegida, Daisy, pero yo lo hice de la manera más cruda. Mucho más cruda de lo que puedas imaginar. Cuando creces así, tienes que aprender a protegerte de alguna manera, tienes que aferrarte a algo que impida que te conviertas en una bestia. En mi caso fue el orgullo. Nunca me doblego. Jamás. 
Alex entró en el baño, cerró la puerta y apretó los párpados, intentando apartar de su mente el juego de emociones que había visto cruzar por el rostro de su esposa. Había visto  de todo: cautela, inocencia y una esperanza casi aterradora de que quizás él no fuera tan malo como parecía. Pobre cabeza hueca.
—Esto es el circo, cara de ángel. Todo el mundo es artista. (Alex)
 Él trató de quitarle la pala, pero ella la apartó a un lado antes de que pudiera cogerla. Un arranque de cólera alimentado por la adrenalina le dio la fuerza suficiente para deslizar la pala bajo otro montón de paja y amenazar con arrojárselo.
—¡Vete! ¡Lo digo en serio, Alex! Si no me dejas en paz te lo echaré encima.
—No te atreverás.
A Daisy le temblaban los brazos y las lágrimas le caían desde la barbilla a la camiseta, pero sostuvo la mirada de Alex sin rendirse. 
—No deberías desafiar a alguien que no tiene nada que perder

¡Zas! Con un dramático barrito,

Tater le dio un golpe con la trompa y la tiró al suelo.
Daisy gritó. Al mismo tiempo,
Tater levantó la cabeza y volvió a barritar, anunciando al mundo la profunda traición de la que acababa de ser objeto: ¡Daisy no llevaba perfume! 
—¡Las vidas de los animales también tienen valor! Tater no pidió que lo encerraran en un circo. No pidió que lo llevaran por todo el país en un remolque maloliente, ni que le ataran para ser exhibido delante de personas ignorantes. Dios no creó a los elefantes para que hicieran equilibrios sobre sus patas. Los creó para que vagaran libres. (Daisy)
Como los animales del circo, estaba cautiva contra su voluntad y, como ellos, su guardián tenía todo el control.
¿Por qué no se había rendido? Era delicada. Débil. No hacía más que llorar. Y, al mismo tiempo, había tenido el valor de enfrentarse a Neeco Martin y defender a esas pobres y tristes criaturas de la casa de fieras. Daisy Devreaux Markov no era la joven pusilánime que él había supuesto.
—¿Quieres que... er... quieres tu bata? —preguntó ella.
Él asintió con la cabeza. Ella tiró del cinturón, se la quitó y se la tendió. Alex la dejó caer al suelo. Ella se lo quedó mirando. 
—¿No acabas de pedírmela?
—Lo único que quería era que te la quitaras.
—Quiero volver a besarte.
 Él gimió.
—Tus besos son más de lo que puedo manejar ahora mismo.  
—Eres preciosa.
El susurrante cumplido de Alex la hizo sentir la mujer más bella del mundo.
—¿Lo bastante para que me des la llave del contacto?
—Lo suficiente para que te dé toda la puta camioneta.
—No pretendo hacerte daño, Daisy —dijo. —Me importas. No quería que fuera así, pero no puedo evitarlo. Eres dulce y graciosa, y me encanta mirarte.
Daisy se fue con el elefante trotando tras ella. Si se le hubiera ocurrido volver la mirada, habría visto algo que la habría asombrado. Habría visto a su duro y malhumorado marido sonriendo como un adolescente enamorado.
—Tengo los hombros demasiado estrechos en comparación con las caderas y los muslos demasiado gruesos. Y mi estómago...
—La próxima vez que oiga a una mujer decir que los hombres somos unos neuróticos, recordaré esto. Tú me dices que te gusta mi cuerpo, ¿y qué hago yo? Te doy las gracias. Luego te digo que me gusta el tuyo, ¿y qué escucho? Una larga lista de quejas.
—Es culpa de las Barbies.
 —Lo he visto muchas veces. Las mujeres anhelan lo que no pueden tener, incluso aunque no sea bueno para ellas. (Alex)
 Supongo que eso es lo que me pasa con el amor. No llegué a experimentarlo en la infancia y ahora no puedo sentirlo. No soy uno de esos cínicos que cree que el amor no existe, porque lo he visto en otras personas. Pero yo no puedo sentirlo. Ni por una mujer ni por nadie. Nunca he amado. (Alex)
Mucha gente se toma a la ligera tener hijos, pero yo no. Los niños necesitan amor y, si no lo tienen, algo se muere en su interior. No podría vivir conmigo mismo sabiendo que un niño sufre por mi culpa. (Alex)
 —Todo lo que necesitas saber es que tienes delante de ti a un antipático artista circense que posee un pésimo sentido del humor. No necesitas saber nada más. 
Saber que amaba a ese hombre era aterrador. Eran muy diferentes, pero sentía la llamada de su alma tan claramente como si Alex hubiese hablado en voz alta.
 —Cariño, tienes que dejar de hacerte amiga de los animales salvajes. Primero Tater , ahora Sinjun . ¿Sabes qué? Es evidente que necesitas una mascota de verdad. Lo primero que haremos mañana por la mañana será comprar un perro.
Ella lo miró con alarma.
—Oh, no, no podemos hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque me dan miedo los perros.
 —Claro, era de esperar—murmuró Daisy con una sonrisa. —Para que Alex Markov se ría, tiene que ser a mi costa.
La necesitaba demasiado. Le llegó la dulce y picante fragancia de su esposa mezclada con algo más, quizás el olor de la bondad. ¿Cómo había logrado Daisy metérsele bajo la piel en tan poco tiempo? No era su tipo, pero le hacía sentir emociones que nunca había imaginado. Esa joven cambiaba las leyes de la lógica y hacía que el negro fuera blanco y el orden se convirtiera en caos. Nada era racional cuando ella estaba cerca. Convertía a los tigres en mascotas y retrocedía con espanto ante un perrito. Le había enseñado a reírse y, también, había conseguido algo que nadie más había logrado desde que era un niño, había destruido su rígido autocontrol. Tal vez fuera por eso que él comenzaba a sentir dolor.
—Cuando te conocí, pensé que eras una niña mimada, tonta y consentida; demasiado hermosa para su propio bien.
Como era de esperar, ella comenzó a negar con la cabeza.
—No soy hermosa. Mi madre...
—Lo sé. Tu madre era bellísima y tú eres feísima —sonrió. —Lamento decirte, nena, que no estoy de acuerdo contigo.
—¿Tu madre habría conseguido meter al tigre en la jaula?
—Quizá no, pero era muy buena con los hombres. Se desvivían por ella.
—Pues este hombre se desvivirá por ti.

A pesar de lo que ella había dicho antes, Alex no era previsible, así que debía ser cautelosa. Por otra parte, Tater y sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias grandes. Si retrocedes, te aplastan.
—¡Maldita sea! ¿Y tu orgullo? 
—¿Mi orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.
 —¡Estás permitiendo que te humille!
—Tú no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para desnudarte porque eso me excita.
—No puedo resistirme a ti ¿Lo sabes, no? Y ya me he cansado de fingir lo contrario. Pero no te amo, Daisy, y no puedes hacerte una idea de cuánto lo siento, porque si tuviera que amar a alguien, sería a ti. (Alex)
Dentro de seis meses nuestro matrimonio habrá terminado. No podría vivir conmigo mismo viendo cómo languideces por no darte lo que te mereces. No puedo darte amor. Ni hijos. Y eso es lo que necesitas, Daisy. Eres ese tipo de mujer. Te marchitarás como una flor si no lo tienes. (Alex)
Se había reído más en el tiempo que llevaban juntos que en toda su vida. Nunca sabía cuál sería la próxima ocurrencia de su esposa. Lo hacía sentirse como el niño que nunca había sido. ¿Qué haría cuando ella se fuera? Se negaba a pensar en ello.
—¿Qué ha sucedido con la mujer con la que me casé? ¿La que creía que la gente civilizada no se levantaba antes de las once?
—Se casó con un tipo del circo.
—Sheba y yo nos conocemos bastante bien. Podía vivir con el pasado mientras me veía como un ser desgraciado, pero ahora no. Querrá castigarme por ser feliz y sólo tengo una debilidad. —La miró.
—¿Yo? ¿Yo soy tu debilidad?
—Si te hace daño a ti, me lo hace a mí. 
Santo Dios, a Alex le encantaba besarla, le encantaba sentir cómo se fusionaba con él, la presión suave de sus pechos. ¿Qué había hecho para merecer a esa mujer? Era su ángel personal. 
—Sabes que eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿verdad? (Alex)
—Sin lugar a dudas (Daisy)
La voz de Alex. Era Alex quien la llevaba en brazos. Alex, el enemigo. El traidor.
Su orgullo le había exigido que hiciera un truco más para intentar salvar la función. Sólo un truco más, como si eso hubiera podido arreglar algo.
Aquel lugar frío y vacío que siempre había tenido en su interior había desaparecido, pero ¿qué había ocupado su lugar? La mirada de Alex se clavó en la del tigre y se le pusieron los pelos de punta. Por un momento todo quedó en suspenso y luego oyó una voz —su propia voz— diciéndole exactamente lo que veía el tigre. «Amor.
Daisy no era una mujer común. Para ella amar era tan natural como respirar. No era capaz de contener su amor igual que no era capaz de hacer daño a nadie.
—Ya no te amo —susurró ella. —No te amo en absoluto.
A él se le puso un nudo en la garganta.
—No importa, cariño. Yo tengo amor suficiente por los dos.
El orgullo la mantuvo en pie cuando el amor la traicionó.
—¿Me amas? 
—Te amo.
—No suena como si me amases. Suena como si estuvieras rechinando los dientes.
—Estoy rechinando los dientes, pero eso no quiere decir que no te quiera con todo mi corazón

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